FelicidadesProgramaDeMano

Felicidades (2000)

3 mayo, 2015

En el año ’99, mi viejo era remisero. Había días que laburaba más de un día de corrido para llevar a casa 20, 30 pesos con suerte. Eran pocos los que pedían remises en esos años y mi viejo no era el dueño del auto: lo que cobraba iba para el dueño, que de ahí descontaba la parte para la agencia y la parte para el chofer, que era mi viejo. Hacía unos meses que lo habían echado de otro laburo por cambio de dueños. Su vida había sido ir de laburo en laburo, como tantos, buscando el mango para que a la noche nosotros no nos diéramos cuenta de su esfuerzo cuando viéramos el plato con comida en la mesa cuando comíamos en su casa los fines de semana.

De lunes a viernes, vivíamos con mi vieja. Estaba separada de mi viejo desde hacía muchos años y sólo lo puteaba porque nunca había pasado plata. “Era un buen padre, no un buen ex”, parecía decirnos. Ella laburaba en el hospital público de la ciudad. Estuvo más de 10 años haciéndolo “ad honorem”, como le decía. Pero cumplía: creía en el Estado como garante de salud y por eso iba todos los días a la mañana, antes de ir al otro laburo que nos daba de comer a diario. Trabajaba más de 12 horas por día, por las que cobraba en la mitad. A veces me parecía escucharla llorar, tal vez eran los fines de mes, la heladera vacía, las cuentas sin pagar a tiempo.

La clase media argentina pocas o nulas veces se animaba a mostrarse con hambre. Las pretensiones siempre pudieron más. Y en la década del dólar, aún más. Esa idea de ser siempre que se tenga billetes, era costumbre. Pero esos años, los finales de la década, estaban siendo un vapuleo importante para muchos. Se veía en las caras de los kiosqueros que se entusiasmaban por venderte un peso de caramelos. Se veía en las noches donde los hijos de esos laburantes se emborrachaban y se cagaban a trompadas. No había convivencia, todo era motivo de pegarle al de al lado. El odio vencía al amor cada vez que se le presentaba la oportunidad. En las calles se veia: los que caminaban mirando vidrieras sin entrar, los que desde adentro de los locales inventaban promociones antes de liquidar por cierre, los que manejaban a los bocinazos, los que puteaban para descargar.

Mi viejo no puteaba. Él trabajaba. Se moría de ganas pero lo reprimía. Tenía hijos y estaba casado. Nosotros, todos íbamos a la escuela, nos iba relativamente bien. Eso, sabía, lo había hecho bien. Al menos su parte. Mi vieja sí puteaba: a la televisión, a nuestras maestras de la escuela por no enseñar lo que debían, a sus jefes que le justificaban su trabajo por honor: en esos tiempos, el honor no valía ni un mango.

Ninguno de los dos, por supuesto, trabajo en esta película. Pero sus vidas podrían incorporarse. Las de ellos como las de otros tantos laburantes que en esos años su objetivo de largo plazo era llegar a fin de mes. Nada más, nada menos. Y cuando llegaban navidad, si lo hacían, compraban los regalos a último momento y hasta buscaban armarnos la ilusión de que papa noel existía, haciendo aparecer los regalos mientras salíamos a mirar los fuegos artificiales.

Felicidades es una película de esas historias. Esas tristezas y esas angustias mezcladas con los sueños y las esperanzas que de alguna manera daban sentido al despertar de nuestros viejos cada mañana, esperando que llegue la navidad para levantar alguna copa, mirar el cielo iluminado de artificios y desear felicidades. Tal vez lo que venga va a ser mejor.

 

FICHA TÉCNICA

País: Argentina
Director: Lucho Bender
Escritores: Lucho Bender, Pablo Cedrón, Pedro Loeb
Reparto: Luis Machín, Gastón Pauls, Pablo Cedrón, Carlos Belloso, Mariana Arias, Alfredo Casero, Cacho Castaña, Marcelo Mazzarello, Fabián Arenillas, Eduardo Ayala, Silke Hornillos, Federico Camarotta, Catalina Speroni
Género: Drama
Fecha de Estreno: 2000
Duración: 100 min.

Para ver on line: http://www.youtube.com/watch?v=6BAY5QhGvUc

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