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La Red (2017)

3 julio, 2017

La larga enemistad que separa a las dos Coreas se remonta a 1945. Hasta ese año Corea era una colonia japonesa, pero a partir de la rendición de Japón en la Segunda Guerra Mundial, la península coreana se dividió en dos. El norte fue controlado por los soviéticos y el sur por los norteamericanos. Entre medio no se levantó un muro como el de Berlín, pero sí una grieta política, ideológica y cultural destinada a crecer al calor de la guerra fría. La región sintió el agite que significó el triunfo de la revolución comunista en China en 1949, y en 1950 estalló una guerra que estaba anunciada. Terminaría en 1953, con un armisticio firmado poco tiempo después de la muerte de Stalin, fijando la frontera en una línea de demarcación militar que serpentea alrededor del paralelo 38°. Como no hubo tratado de paz (sólo un alto al fuego), técnicamente estos dos países siguen en guerra: hoy en día es la frontera más fortificada del mundo.

La cosa es así en los primeros tres minutos. Un pescador norcoreano suele salir a pescar a un  río que divide las dos coreas; los militares de su lado de la frontera lo conocen y se lo permiten. Desafortunadamente ese día su red se engancha en el motor de su lancha, que sin impulso se ve arrastrada por la corriente hacia el lado sur. Nam Chul-woo (Ryoo Seung-bum) no quiere abandonar su lancha, es lo único que tiene. Mientras trata de repararla lo encuentran militares de Corea del Sur y lo arrestan. Ese ritmo inicial, se va a mantener durante los 114 minutos: nadie puede decir que se trata de una película lenta. Lo inverosímil de las situaciones representadas -de hecho, no existe un río fronterizo de esas características entre las dos Coreas- prioriza el mensaje por sobre esos detalles, y deviene en la alegoría, tan presente en la filmografía de Kim Ki Duk.

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Este director nos tiene acostumbrados a una generosa amplitud de temáticas en sus películas, pero que se haya sumergido en un tema tan sensible de la política mundial, ha sorprendido gratamente. Aun cuando es nacido en Corea del Sur, de él jamás hubiéramos esperado un largometraje que realce a su país en detrimento del Norte. Y aunque nos haya dejado la idea de que entre las dos Coreas se levanta más un espejo que un muro, no nos dice que “son lo mismo” a la manera de Del Caño. Kim Ki Duk retrata la paranoia, el uso político del miedo, el cuento de la libertad suprema en los países capitalistas y el de la convicción inquebrantable en los países comunistas, y entre todas esas cosas le queda tiempo para hablarnos del amor, de la amistad y de la familia, por encima de cualquier ideología y como escapatoria de cualquier red.

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