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La Terraza del Gato

Cuenta la leyenda que había una vez un linyera en una ciudad del planeta tierra que tenia la costumbre de alimentar a los gatos que acechaban los oscuros callejones. Pasadas las 8 de la noche, el linyera, al que apodaban “bepo”, juntaba latas con restos de atún que procuraba detrás de un restorán, y algo de agua, y se las daba a los gatos del barrio, que religiosamente se apostaban a las puertas de un edificio abandonado. A esa hora las humeantes alcantarillas eran atravesadas por decenas de sombras felinas, apuradas, elegantes, hambrientas. Para Bepo, era la gloria; el momento del día más esperado. Los conocía, algunos tenían nombre, otros tenían apodos. A muchos nos los había visto jamás: eran gatos nómades que mañana serían alimentados por algún otro linyera, o atropellados por algún auto en alguna otra calle de algún otro barrio del planeta. “Todo tiene un límite fáctico en este planeta” pensó, “de seguro que no hay hechos en otros planetas. Y si los hay, no creo que haya linyeras o autos. Gatos, no sé, por ahí, quién te dice” se dijo a si mismo.

Aquella noche Bepo llegó a las puertas del edificio abandonado con una hora de retraso. Sabía que en las noches de luna llena, los gatos preferían aparearse y cazar algunas ratas en lugar de ir a recibir la cena que ofrecía el linyera. Pero esta vez el número de gatos no era reducido, sino que era inexistente. No encontró a ninguno de sus gatos en los alrededores. Sólo vio pasar a un par que no había visto nunca. Desplegó las latas de atún por las escaleras de la entrada del edificio, y llenó algunos recipientes con agua, seguro de que iban a comenzar a llegar sus fieles compañeros nocturnos. Esperó como cuarenta minutos, mientras separaba algunos cartones, vidrios y maderas que había recolectado durante el día. Mientras se abandonaba a la resignación, vio pasar delante de él a uno de sus más viejos gatos: “Sesa” en realidad era una gata, media chiflada; a su pelo totalmente blanco lo interrumpía una mancha negra en el medio del lomo. Paso por delante de él con la indiferencia criminal que pueden ejercer sólo los gatos. Se metió al edificio y subió rápidamente las escaleras. Bepo decidió seguirla.

El edificio tenía diez pisos y un montón de años. En sus años mozos, aquella construcción había estado dedicada a una productora de películas que luego se había fundido. Las malas lenguas decían que una noche de luna llena varias personas se habían tirado de la terraza, en lo que parecía un pacto suicida colectivo. Pero hacía muchos años que esa historia había tenido lugar y ya muy pocos la recordaban; casi nadie la creía. “El tiempo” pensó Bepo “tiene el inmenso poder de borrar algunos hechos. Y una vez que el tiempo ejerce su poder, ya no hay vuelta atrás, ni vuelta para el costado. No hay vuelta.”

Cuando iba por el segundo piso Bepo ya no daba más. Los años arrastrando carros por las calles adoquinadas de la ciudad le habían dejado secuelas en su columna y en sus piernas. No le importó y siguió subiendo, obstinado. Cada tanto le pasaban por al lado otros gatos, que corrían rápidamente escaleras arriba. Eso aumentaba la ansiedad por seguir subiendo y descubrir qué sucedía. Tanteaba las paredes húmedas para guiarse en la oscuridad de las escaleras, pero no se detenía; el corazón se le salía del pecho por llegar al último piso, donde supuso que los gatos tramaban algo. No se equivocaba en absoluto.

Llegó a la puerta que daba a la terraza del edificio y apenas se tomó un par de segundos para emitir un profundo suspiro. Empujó a duras penas la puerta de metal entreabierta, y salió al amparo de la luna y las estrellas. Un fuerte resplandor lo encegueció. Cuando pudo acostumbrar sus ojos a la luz, vio algo que al principio no creyó. Cientos de gatos estaban sentados mirando atentamente a la puerta por la que Bepo había aparecido. En medio del desatino de la escena creyó escuchar algún maullido quejoso. En el fondo de la multitud felina vio un proyector de 8 milímetros corriendo, era la fuente del resplandor que lo abrumaba. Se dio vuelta y vio proyectada la imagen de una película que reconoció enseguida, era El Padrino, y Marlon Brando hablaba disfónico al tiempo que acariciaba a un gato sentado sobre su falda.

“Esta no me la va creer nadie” se dijo Bepo a sí mismo, mientras se apuraba a sentar en un costado para mirar la película: a Don Corleone un funebrero le pedía un favor y le besaba la mano.