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Los Sonámbulos (2019)

22 noviembre, 2019

por Gilda Vichachi (Instagram:@gildyv)

Desde el plano secuencia inicial queda evidenciado el punto de vista que recorrerá la película en toda su extensión, el de Luisa (talentosísima Erica Rivas). Luisa se despierta, se levanta exaltada y comienza a caminar por el espacio a oscuras mientras se escucha agua correr de una canilla abierta. La cámara la acompaña hasta que encuentra a Ana (Ornella D ́Elía), su hija adolescente, quien padece sonambulismo y está desnuda con un hilo de sangre recorriendo su pierna. Hasta aquí, a modo de prólogo, un hermoso y altamente perturbador relato de terror.

Luisa, Ana y Emilio (Luis Ziembrowski, en el rol de padre) viajan al campo, más precisamente a una casona vieja que está al mando de la controladora abuela Memé (Marilú Marini), donde se juntarán con Sergio (Daniel Hendler, hermano de Luisa) y sus tres hijos varones e Inés (Valeria Lois, hermana de Luisa) con su bebé para pasar fin de año juntos. La familia entera disputa la venta de la propiedad, menos Emilio que se rehúsa a deshacerse de la misma. Más tarde llegará Alejo (Rafael Federman) el joven primo quien desestabilizará aún más la situación.

Paula Hernández decide contar esta historia mediante la utilización, casi permanente,de planos cortos y muy cerrados, lo que da por resultado una enorme sensación de asfixia de la cual es casi imposible deshacerse durante todo el largometraje. En la puesta en escena los fondos están desenfocados porque aquí priman las figuras, los cuerpos y particularmente los rostros. Expone excelentes recortes del rostro de Luisa transpirada todo el tiempo, alerta, preocupada, angustiada por su hija. Luisa tiene miedo pero avanza, le pone el cuerpo, grita con todo su ser y avanza acompañando a Ana, “pecando” de sobre-protectora ante el juicio de Emilio y el resto de la familia.

La pesadez y el ahogo de Los Sonámbulos evoca algo de La Ciénaga, película dirigida por Lucrecia Martel estrenada en el 2001. El agobiante calor del verano, el alcohol, las piletas, el campo, las tensiones y despertares sexuales, etc. están presentes en ambas obras. El maravilloso ritmo visual de Los Sonámbulos está potenciado con un brillante trabajo de sonido que no hace otra cosa que puntuar momentos y remarcar estados emocionales de los personajes. El llanto recurrente del bebé, los sonidos del celular de Ana en medio del silencio, las moscas merodeando sobre la comida, etc. todos recursos que ayudan a la construcción del sentido de la película y que son, al mismo tiempo, elementos que preanuncian una inminente explosión y desenlace. (Mención aparte para el tema Púrpura de WOS)

Y como si todo lo descripto anteriormente no fuera suficiente, Los Sonámbulos hace del fuera de campo narrativo un uso notable. La importancia y el peso de lo no dicho, de lo que los personajes ocultan y/o contienen que contribuye a enriquecer aún más el relato. Del final, solo me limito a decir que es esperado con ansias y que acontece en el momento justo, ni un minuto más, ni uno menos.

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